Ha pasado medio siglo desde que Viking 1 aterrizó en el Planeta Rojo, pero el fantasma de ese aterrizaje de 1976 todavía está dando forma a la forma en que la NASA mira a Marte. Hoy en día, la agencia no se queda mirando el polvo. Está mirando hacia arriba.
La historia comienza en los confines occidentales de ChrysePlanitia. El 20 de julio de 1776, el módulo de aterrizaje se asentó en esta región, situada aproximadamente a 22,5 grados al norte de lo que llamaríamos el ecuador marciano. Fue el primer aterrizaje forzoso de la NASA en la superficie marciana. La misión tuvo éxito donde otras fracasaron; La sonda Mars 3 de la Unión Soviética se estrelló y murió menos de dos minutos después de aterrizar en diciembre de 1971. Viking 1 y su gemelo, Viking 2, se quedaron. Realizaron las primeras misiones de superficie con pleno éxito.
Estos módulos de aterrizaje no solo estaban tomando fotografías. Estaban cazando. ¿El objetivo principal? Señales de vida.
El debate sobre la detección de vida vikinga
Para encontrar vida, los vikingos utilizaron tres experimentos distintos. Dos resultaron negativos. Aire muerto. Pero el tercero, el experimento de Liberación Etiquetada (LR), contó una historia diferente.
El instrumento LR bombeó nutrientes al suelo marciano. ¿El resultado? Un flujo constante de dióxido de carbono burbujea desde la tierra. Los microbios metabolizan los alimentos y liberan gases. Esto parecía un latido del corazón. Algunos científicos lo llamaron la primera detección de vida extraterrestre.
La mayoría no estuvo de acuerdo. Argumentaron que el gas procedía de reacciones químicas abióticas, no de la biología. La opinión predominante se endureció: Marte está muerto. Los datos no respaldaban la vida. Esta ambigüedad dejó un legado complicado. Mostró a la comunidad científica que la caza de vida extraterrestre es complicada. Necesitamos mejores herramientas. Necesitamos más contexto.
Esa lección nos costó tiempo. El alto precio de Viking, combinado con los confusos resultados y los cambios de financiación al nuevo programa del transbordador espacial, dejaron a la NASA sin misiones a la superficie durante veinte años.
Siguiendo el agua
La sequía terminó en julio de 1997. El módulo de aterrizaje Pathfinder llegó a Chryse Planitia. No fue exactamente al mismo lugar que eligió el Viking 1: aterrizó a unas 530 millas de distancia. El trabajo de Pathfinder era más simple y más preciso: demostrar una forma nueva y más económica de explorar Marte utilizando un sistema de aterrizaje con bolsa de aire. Y desplegar un rover.
Desplegó Sojourner.
El pequeño robot con ruedas rodaba sobre guijarros redondeados. Esas rocas guardaban un secreto. Mostraron evidencia de agua fluyendo. Este descubrimiento cambió la estrategia. La NASA dejó de hacer conjeturas sobre biología y empezó a seguir el agua. La vida tal como la conocemos necesita agua, por lo que la agencia se centró en encontrar lugares donde alguna vez hubo agua.
Los exploradores llegaron en cadena. Spirit y Opportunity aterrizaron en 20 funcionando durante unos meses; Spirit murió en 2010 y una tormenta de polvo enterró a Opportunity en 2018. Curiosity aterrizó en 2012, lo que demuestra que existieron ambientes acuosos en el pasado. Encontró moléculas orgánicas complejas, los componentes básicos de la vida. Luego vino Perseverance en 2021, aterrizando en el cráter Jezero.
La perseverancia y la curiosidad siguen funcionando. Ambos permanecen activos. Continúan indagando en la historia del planeta, recopilando muestras que la NASA quiere llevarse a casa. Los datos de Viking sugieren que necesitaremos ese nivel de escrutinio de laboratorio en la Tierra para demostrar que alguna vez existió vida allí. El plan de devolución de muestras ha topado con obstáculos presupuestarios, lo que ha obligado a la NASA a repensar cómo recuperar esas rocas, pero el objetivo no ha cambiado.
Tomando vuelo en el planeta rojo
Sin embargo, el cambio más significativo con respecto al legado de Viking no está en el terreno. Está en el cielo.
La perseverancia trajo un pequeño compañero: el ingenio. Fue una demostración de tecnología. Un helicóptero de 4 libras destinado a demostrar que un helicóptero podría volar en una atmósfera tan delgada que es solo el 1% más densa que el aire al nivel del mar de la Tierra. La NASA esperaba cinco saltos.
El ingenio voló 72 veces.
Comenzó su primer vuelo el 19 y 21 de abril y finalizó el 18 de enero de 2014. Duró casi tres años, desafiando las probabilidades. Ese éxito abrió un nuevo capítulo en la exploración de Marte. Si un pequeño helicóptero puede sobrevivir al polvo y al frío, ¿qué más podemos enviar allí?
La NASA ya está planeando más. La misión Skyfall tiene como objetivo lanzarse en 2028. El plan implica enviar tres helicópteros tipo Ingenuity a Marte a bordo de un cohete de propulsión nuclear. Estos no son sólo juguetes. Llevarán instrumentos científicos para mapear depósitos de hielo ocultos y analizar patrones climáticos. Generarán mapas de terreno amplios para encontrar rutas seguras para futuros astronautas humanos.
El JPL en el sur de California mira hacia el futuro. Están diseñando helicópteros más grandes y más capaces para cargas aún más pesadas y estudios más amplios. Skyfall podría ser sólo el comienzo.
La vista desde arriba
El aterrizaje de Viking 1 hace cincuenta años demostró que podíamos llegar al Planeta Rojo. Nos enseñó a tener paciencia. Nos enseñó que “muerto” es una etiqueta difícil de probar. Y allanó el camino para un enfoque de exploración más matizado.
Encontramos el agua. Encontramos los orgánicos. Ahora estamos mirando al cielo. El legado de aquel touchdown de 1976 no fueron sólo las huellas en el polvo. Fue el permiso para mirar más allá de ellos.
Los helicópteros están listos. Los planos están trazados. El ambiente espera. Pasamos décadas mirando el suelo. Ahora, finalmente, estamos aprendiendo a despegar.































