Por qué las sondas pulpo de Lucretia McEvil muestran una profundidad cognitiva real

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Los pulpos son raros. Todos están de acuerdo en eso. Tienen tres corazones, sangre azul y un sistema nervioso que se extiende por sus brazos como una Internet descentralizada. Pero últimamente, la rareza se está volviendo específica. Tomemos como ejemplo a Lucrecia McEvil. Ella es un pulpo alojado en el Acuario de la Bahía de Monterey y se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo estas criaturas interactúan con las herramientas, y tal vez, algo más cercano a lo que llamamos personalidad.

La historia comienza con una simple observación. Los investigadores notaron que Lucretia no se limitó a agarrar lo que había en su tanque. Parecía preferir ciertos objetos. En concreto, le gustaba interactuar con sondas de plástico. No cualquier sonda, sino una que le permitiera manipularlas de una manera que sugiriera preferencia. Esto no es sólo “comportamiento animal básico” donde una criatura come o se esconde. Esto parece una elección.

El experimento de la sonda

La clave para comprender el comportamiento de Lucretia reside en una serie de experimentos realizados por investigadores como Jennifer Mather y otros. Introdujeron varios objetos en su entorno. Algunos eran naturales. Algunas eran artificiales. El objetivo era ver si mostraba una preferencia constante por ciertos tipos de estímulos.

Lo que encontraron fue sorprendente. Lucrecia no sólo investigaba objetos al azar. Pasó más tiempo con las sondas de plástico. Más importante aún, los usó. Ella los movió. Los sostuvo en sus tentáculos de una manera que parecía casi deliberada. Esta no es la primera vez que se ve un pulpo con un coco o una cáscara. Estos son ejemplos clásicos de uso de herramientas, principalmente para refugiarse. Pero Lucrecia no estaba construyendo una casa. Estaba jugando con las sondas. O al menos, interactuar con ellos de una manera que sugiriera curiosidad.

“Los pulpos no sólo son inteligentes; parecen tener personalidades individuales que influyen en su interacción con su entorno”.

Esta distinción importa. El uso de herramientas para refugiarse es supervivencia. ¿Interacción con un objeto sin ninguna razón obvia de supervivencia? Eso bordea la complejidad cognitiva. Plantea dudas sobre si los pulpos se aburren o si simplemente disfrutan de la sensación táctil de manipular su entorno.

¿Personalidad o instinto?

Algunos críticos podrían argumentar que esto es sólo instinto. Que Lucrecia prefiere el plástico porque les sienta de cierta manera a sus retoños. Ése es un contrapunto científico válido. No puedes preguntarle a un pulpo qué está pensando. Sólo puedes observar sus acciones e inferir sus intenciones. Pero la coherencia es lo que dice. Si simplemente reaccionara a estímulos inmediatos, su comportamiento sería más errático. Más bien, era predecible. Buscó las sondas. Ella los manipuló. Parecía preferirlos sobre otros objetos disponibles.

Esto nos lleva al panorama más amplio. ¿Por qué esto importa? Porque desafía nuestra comprensión de la inteligencia. A menudo reservamos la cognición compleja para los mamíferos, especialmente los primates. Las aves también nos han hecho repensar la inteligencia aviar. ¿Pero los cefalópodos? Evolucionaron separados de nosotros por cientos de millones de años. Sus cerebros están estructurados de manera completamente diferente. No tienen un cerebro central como nosotros. Sus brazos tienen cierto grado de autonomía. Entonces, cuando un pulpo como Lucretia demuestra preferencia por herramientas específicas, sugiere que los comportamientos cognitivos complejos no están ligados a un linaje evolutivo específico. Pueden surgir de forma independiente.

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