La tragedia de Jay Gatsby no es sólo que perdió su primer amor. Así es como intentó recomprarla.
En 1917, antes de que la guerra los separara, Daisy Buchanan y el joven oficial Jay Gatsby estaban enredados en Kentucky. Fue un romance puro, aunque fugaz. Entonces llegó el borrador. Gatsby se embarcó hacia Francia. Mientras él esquivaba los proyectiles, la vida de Daisy seguía su curso. Se casó con Tom Buchanan, un rico de Chicago al que le gustaba la crueldad y el dinero antiguo. Se instalaron en East Egg, un pueblo próspero de Nueva York que gritaba estabilidad y estatus.
Pero Gatsby no desapareció. Regresó con una misión.
No sólo quería volver a ver a Daisy. Quería borrar los últimos cinco años. Para ello, necesitaba el contexto adecuado. Así que compró una mansión en West Egg, justo enfrente de la casa de ella, frente a la bahía. Fue un movimiento de poder psicológico. Todas las noches, miraba a través del agua hacia la luz verde al final de su muelle.
Su plan era simple. Reavivar el asunto. Pero esta vez no era él el pobre soldado. Era el magnate Gatsby. La riqueza de la que hacía alarde (yates, camisetas, fiestas que se extendían hasta el césped) no era sólo para lucirse. Era moneda. Específicamente, contrabando de moneda. Construyó un imperio con alcohol ilegal para demostrar una cosa: podía darle a Daisy la vida que Tom podía, sin el equipaje.
La casa no era sólo un hogar. Fue una trampa. Un señuelo grandioso y llamativo diseñado para atraerla.
¿El dinero realmente compra el pasado? Gatsby pensó que sí. Pensó que si interpretaba lo suficientemente bien el papel del hombre rico, Daisy olvidaría los años que pasó con Tom. Olvidó que ella también era producto de ese mundo. Se enamoró de una idea de ella, una idea que sólo existía en su memoria.
La mansión estuvo vacía durante la mayor parte de las fiestas. ¿Pero la luz a través del agua? Eso siempre estuvo encendido. Espera.


















