Durante más de tres décadas, la pediatra Molly O’Shea ha sido testigo de primera mano del poder de las vacunas. Desde erradicar enfermedades infantiles hasta enfrentar un resurgimiento de la vacilación, su carrera refleja el debate en curso en torno a la política de inmunización. Los recientes cambios políticos y retrocesos en las políticas han amplificado estas preocupaciones, pero un reciente fallo judicial y los continuos esfuerzos de promoción tienen como objetivo reforzar la protección de los niños respaldada por la ciencia.
La erosión del consenso científico
A principios de 2025, la administración Trump redujo la cantidad de vacunas infantiles recomendadas, incluida la vacuna contra el rotavirus. Esta medida se produjo a pesar de décadas de práctica científica establecida, en las que los calendarios de vacunación se determinaban mediante investigación y supervisión rigurosas. Como recuerda O’Shea, la ausencia de vacunas significó presenciar muertes evitables, una experiencia que subrayó el papel fundamental de la inmunización.
Las acciones de la administración enfrentaron un desafío legal, y un juez federal anuló los cambios en marzo. El juez Brian Murphy enfatizó que la política de vacunación debe basarse en “un método de naturaleza científica”, no en la conveniencia política. El tribunal también invalidó decisiones tomadas por miembros del Comité Asesor para Prácticas de Inmunización (ACIP) designados incorrectamente, restableciendo efectivamente el calendario anterior, respaldado científicamente.
Aumento de la desconfianza y evolución de las preocupaciones
La erosión de la confianza se extiende más allá de los cambios administrativos. Si bien el apoyo a las vacunas sigue siendo fuerte en la mayoría de las encuestas (el 63% de los estadounidenses confía en su eficacia), las tasas de vacunación están disminuyendo. La cobertura de los jardines de infancia ha disminuido y la vacunación contra la hepatitis B de los recién nacidos cayó del 83,5% en 2023 al 73% en 2025. Los brotes de sarampión, como el de Carolina del Sur con casi 1.000 casos, demuestran las consecuencias de la caída de la cobertura.
Las preocupaciones de los padres también han evolucionado. El escepticismo inicial se centró en vínculos refutados entre las vacunas y el autismo, pero el clima actual fomenta una desconfianza más amplia en la propia ciencia. Algunas familias ahora expresan miedo a las “toxinas” o creen que se han suprimido los datos sobre las vacunas. O’Shea señala que si bien estas preocupaciones son comprensibles, los riesgos de enfermedades prevenibles con vacunas son inmediatos y graves.
Restaurar la confianza a través del diálogo
O’Shea aboga por un enfoque paciente y validador para abordar las dudas sobre las vacunas. Ella enfatiza la importancia de escuchar los temores de los padres, reconocer su información y luego presentar evidencia científica. El objetivo no es descartar inquietudes sino generar confianza a través de una conversación abierta.
El pediatra también destaca el valor de la atención continua. Las visitas anuales de bienestar brindan oportunidades para reforzar los beneficios de la vacunación y fomentar las relaciones con las familias. Estas interacciones son importantes, especialmente a medida que los niños crecen y pueden buscar orientación independiente.
“La forma más segura, la forma más segura, [para que el cuerpo] se entere de cualquier enfermedad es mediante la vacunación”.
En última instancia, O’Shea destaca la necesidad de un liderazgo político que dé prioridad a la ciencia y la salud pública. Siguiendo los calendarios establecidos, los padres pueden garantizar que sus hijos obtengan todos los beneficios de la vacunación, protegiéndolos de enfermedades prevenibles.
