El 9 de abril de 1982, una publicación científica en la revista Science alteró fundamentalmente nuestra comprensión de las enfermedades infecciosas. El Dr. Stanley Prusiner, entonces en la Universidad de California en San Francisco, presentó pruebas de que una enfermedad podría ser causada no por un virus o una bacteria, sino por una proteína infecciosa. Este descubrimiento desafió los fundamentos mismos de la biología molecular e introdujo al mundo el prión.
El misterio del “virus lento”
Durante décadas, los científicos estuvieron desconcertados por un grupo de trastornos cerebrales degenerativos que compartían sorprendentes similitudes. Estos incluyeron:
– Scrapie: Una enfermedad mortal que afecta a ovejas y cabras.
– Kuru: Un desorden devastador observado en la tribu Fore de Papúa Nueva Guinea.
– Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ): Un trastorno cerebral humano implacable.
Bajo un microscopio, el tejido cerebral de las víctimas de estas enfermedades parecía notablemente similar: plagado de pequeños agujeros que le daban al órgano una apariencia “espongiforme” o similar a una esponja.
Debido a que estas enfermedades progresaban lentamente y carecían de las características típicas de la infección, como fiebre o activación del sistema inmunológico, los científicos originalmente las clasificaron como “virus lentos”. Sin embargo, persistía una enorme laguna lógica: si estas enfermedades fueran causadas por virus, deberían contener ácidos nucleicos (ADN o ARN). Además, el hecho de que algunos casos pareciera que eran hereditarios sugería un componente genético que no se alineaba con la transmisión viral estándar.
Desafiando el “dogma central”
El gran avance se produjo cuando Prusiner centró su investigación de la ECJ a la tembladera, impulsado por los hallazgos del radiobiólogo Tikvah Alper. Alper había demostrado que la tembladera aún podía transmitirse incluso después de que el tejido fuera tratado con luz ultravioleta, un proceso que destruye el ADN.
Esta observación sugirió que el agente infeccioso carecía por completo de material genético. Mediante una experimentación rigurosa con hámsteres (que aceleró la progresión de la enfermedad para el estudio), Prusiner aisló al culpable. Demostró que el agente infeccioso era una proteína, a la que llamó “prión”.
Esta fue una afirmación revolucionaria porque contradecía el “dogma central” de la biología molecular. El dogma central postula que la información fluye del ADN al ARN y a la proteína; La idea de que una proteína por sí sola pudiera actuar como un agente infeccioso (esencialmente “codificando” su propia replicación al obligar a las proteínas sanas a plegarse mal) parecía imposible para el establishment científico de la época.
Cómo funcionan los priones: una reacción en cadena de plegamiento incorrecto
El escepticismo que rodeaba el trabajo de Prusiner finalmente dio paso a pruebas abrumadoras. Durante los siguientes 15 años, los investigadores trazaron el mecanismo de la enfermedad priónica:
- Cambio conformacional: Los priones son proteínas que se han plegado hasta adoptar una forma patológica anormal.
- Infección impulsada por una plantilla: Cuando un prión encuentra una versión saludable de la misma proteína, actúa como una plantilla, lo que obliga a la proteína saludable a “dar la vuelta” a la forma enferma.
- Resistencia: A diferencia de la mayoría de las proteínas, los priones son increíblemente resistentes y resisten ser descompuestos por los procesos de degradación naturales del cuerpo.
Si bien los priones impulsan la infección, la ciencia moderna también ha aclarado el vínculo con la genética: ciertas mutaciones del ADN pueden predisponer a los individuos a crear estas proteínas mal plegadas, lo que explica por qué algunos casos parecen hereditarios.
El descubrimiento del prión demostró que las reglas más fundamentales de la vida pueden ser eludidas por una sola molécula mal plegada.
Conclusión
La identificación del prión por parte de Stanley Prusiner cerró la brecha entre las enfermedades infecciosas y la patología genética, lo que le valió el Premio Nobel en 1997. Su trabajo transformó la neurología y proporcionó un nuevo marco para comprender cómo las proteínas pueden actuar como agentes tanto de vida como de muerte.



















